A raz de pasto en el Campín

Que no se nos quede el celular en la casa nunca. Significaría quedarse sin cámara fotográfica de bolsillo.

Esta es una historia del pasado de la que no hay un recuerdo gráfico a la mano, sólo el recuerdo borroso de un disco duro de 41 años. Por eso es que la tecnología es clave por estos días. Hay que sacarle provecho, de lo contrario, pasará el tiempo, la memoria fallará y no podremos igualar con palabras lo que podemos hacer con fotos.

Cuando tenía como seis años, mi tío Ricardo Salgado Iregui me llevó al estadio por primera vez. Me acuerdo del momento como si fuera ayer, pero como les digo, es borroso. Por ejemplo no me acuerdo qué tenía puesto ese día. Seguramente estábamos de azul. ¿Se llenó el estadio? Ni idea. ¿Quiénes jugaban? Sabrá Dios. Pero si tengo imágenes más claras de los chicharrones y las paletas de dos sabores.

Nos acercábamos mi tío  y yo a una mole gris enorme que le decían El Campín. Ya mis papás y mi tío habían hablado del tema. "Ya puedes ir con Richi al estadio". Para mí era como un sueño. Otros habrían querido ir a ver a Mickey Mouse en Disney. Pero señoras y señores, lo mío era el fútbol. 

De pintas, colores y cosas de esas que ya mencioné, no me acuerdo. Pero hubo vainas que me impactaron. Vivir en carne propia la emoción de que Millos metiera un gol. Todo el mundo saltaba y gritaba. El estadio se mecía. Todos éramos felices. Detalles del partido no me pregunten. No me acuerdo. Pero de lo que sí me acuerdo y que fue lo que más me impactó, fue que cuando el otro equipo nos metió un gol, los hinchas azules aplaudieron la jugada. Eso me marcó para siempre. Existía el respeto por los otros equipos al punto del aplauso. Increíble.

Hace unos sábados atrás, volví al estadio. Esta vez entré por donde parquean una ambulancia y un carro de bomberos. Se pasa un túnel corto y se alcanza a ver la parte sur del estadio. Desde ahí se oyen los coros de las barras, como si fueran saliendo por el desfogue del estadio. Esas barras que cada vez parecen estar más bravas. Cruzo el oscuro pasadizo y salgo justo por debajo de los Comandos Azules. Bravo. Con algo de nervios, me doy vuelta hacia la tribuna y me encuentro con el enorme tablero electrónico y entre ese monstruo y yo, uno que otro aficionado, endemoniado, gritando cosas. Nadie se puso de acuerdo en qué gritar. Puras repúblicas independientes.

Ahí parado con algo de dificultad, pues tenía una pierna lesionada por desgarre, traté de enderezarme para hacerle una foto a la tribuna que no paraba de latir. El sol golpeaba duro la cara de la gente ese día. Se veía la mitad del estadio bajo el sol sabanero, ese mismo que deja el cachete rojo muy rojo. Y en el medio, atravesando todo el estadio, una enorme línea que indicaba dónde empezaba la sombra. La sensación de estar allá abajo es increíble.

El ambiente previo al partido de fútbol deja un sabor rico. Ir a ver el show que mueve masas, sin saber qué puede pasar. Adrenalina pura. Suspenso. Nervios. En el fútbol hay tres alternativas. Pero cuando hay pasión por un equipo, sólo hay espacio para una: ganar.

Caminé hasta la salida de los camerinos. Salieron a calentar los jugadores de Millos y del Deportivo Cali. La fiesta del fútbol estaba por empezar. Más fotos con mi celular. Más gritos y euforia. Se oyen gritos que bajan contundentes desde las tribunas. Te vibran las medias. Y de ahí para arriba. Corean los nombres de sus ídolos. Humo. Gritos desordenados a la distancia entre tribunas. Termina el calentamiento y se acerca la hora de la verdad.  Entran los jugadores de nuevo a los camerinos para cambiarse y salir al combate.

Salen al campo los jugadores, cada uno con un niño de la mano y se forman como se ve en televisión. Suenan los himnos. Todo el mundo canta el himno. "Quítese la cachucha venezolano", gritan unos.  

Con mi cámara de bolsillo le tomé fotos a los jugadores de Millos. Pero entre los jugadores y yo estaban las porristas. Divinas. Esas que todos vemos de reojo cuando estamos cerca, pero que visualizamos total y libremente cuando estamos en las tribunas. Me atreví a hacer lo contrario en ese momento. Con mi celular en la mano empecé a hacerles fotos. A las porristas. Nadie dijo nada. Nadie me miró. Perfecto. Todos estaban gritando o distraídos viendo a sus héroes en la cancha. Yo también estaba distraído. Con los pompones. Fotos. Fotos. Encuadre. Atrevimiento. Click.

Listos los actos protocolarios y que arranque el fútbol señoras y señores.

Con cara de niño bueno vi cómo se acercaba el señor de las paletas. Las cargaba en una caja de icopor. En su mano resaltaba un enorme anillo plateado con una piedra de color verde botella. Entre esos dedos cruzaba dos paletas que se veían absolutamente provocativas, a pesar del anillo. Yo era invitado. Tenía que comportarme con prudencia, trabajando en futuras invitaciones. Mi tío a lo mejor sentía el mismo deseo que yo, pero con un retraso de segundos largos. Entonces las palabras mágicas llegaban: ¿Pabluchas, quieres una paleta? 

Con la boca repleta de mora y las manos llenas de dulce y pegajosas, me quedé tranquilo.

El ambiente sube. Siempre vibrante. Es una pasión que va en la sangre desde pequeños. Así fueron muchos domingos. Muchas victorias emocionantes. Millos siempre ganaba.

Esta vez fue sin paleta. Sin mi tío en este mundo. Pero con una cámara en mi celular en la mano que me ayuda a recordar ciertas cosas que con el tiempo sería imposible mantener en la memoria. Las vivencias quedan en el corazón y en ese disco duro que lo acompaña a uno toda la vida y hacen parte de tu alma. Y eso está bien.

Acá algunas de las fotos que tomé hace unas semanas. Fue un juego parejo. Fabián Vargas, saltó, cabeceó. El arquero del Cali se estira, toca la bola pero no evita el gol con el que Millos ganó el partido 1-0.

 

Recuerdos del fútbol.

 

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