Un sábado con mis hijas. Inolvidable.

Casi todos los días de la semana estoy con ellas. Sólo nos apartamos por unos días cuando tengo que viajar a hacer fotos a otra ciudad. Sobre todo los fines de semana. Los sábados. 

Pues estoy feliz porque este sábado lo pasé con ellas. Pleno. Intenso. Desde que me sacaron de la cama a desayunar rápido para ponernos el vestido de baño y salir de una a la piscina. Y con las barbies. Y la pelota que flota. Nadamos. Saltamos. Tomamos agua con cloro.

Hoy les cociné. Les hice ajiaco. Mariana pidió más. Elena también. Y pidieron otra vez. Después nos tomamos fotos. Antes de salir a pasear por el oeste de Cali. Salimos. Elena dio brincos y volteretas de alegría. Arrancamos. Y se quedaron calladas repentinamente. Si: estaban absolutamente profundas.

Mejor que un despertador, resultó el olor de un pandebono recién hecho. Nos comimos uno. Y otro. Y vimos la ciudad pasar por nuestras ventanas de un lado para otro. Y sus preguntas. Papo esto. Papo esto otro.  Interacción al cien. Que dicha. Que delicia de sábado. Y pudo haber sido uno común y corriente. Este me quedará en la memoria fotográfica.

Estas fotos se suman al millón de imágenes que he ido coleccionando desde que nacieron este par de princesas. Es parte de mi herencia. El recuerdo de su infancia. De nuestra familia. Sus personalidades. Sus ocurrencias. Su amor por la vida y por las cosas inesperadas que pasan y que nos hacen reír mucho. Me quedo hoy con sus locuras que llenan mi vida de amor infinito. 

Mi Cucú y mi Pollino son mis amores todos los días. 

 

 

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