Una foto con Don Chinche

Fue mi segundo personaje para retratar en la Revista Bocas en estos 8 años como colaborador de esta publicación de El Tiempo.

Cuando yo llegué a la casa de Don Chinche, la mismísima casa de don Héctor Ulloa, estaba muy emocionado. Recordé momentos felices en familia. Sobre todo, me acordé de mis abuelitos paternos que no se perdían la serie de Don Chinche y se reían a carcajadas todos los domingos cuando la veían. La referencia que tenía de este personaje era esa, la de una leyenda cómica colombiana que hizo felices a estos viejitos.

Lo vi, lo saludé y le agradecí habernos dado tanta alegría por tantos años. Después hice un recorrido rápido por su casa para ver las opciones de fotos. ¡Había muchas! Y además de eso, siempre tuve presente a Don Chinche como personaje. De manera que le pregunté a Héctor si todavía guardaba el vestuario del personaje. Y me dijo que sí. Entonces le pregunté si había algún problema si se vestía de Don Chinche. Me dijo que no. Y arranqué a hacerle fotos en todo el proceso. Después salimos a la calle. Y me emocioné de principio a fin con esta sesión de fotos que terminó con risas, anécdotas y fotos divertidas.

Después de unos años, Hector me llamó a mi celular. Me pidió el favor de dejarle usar algunas de las fotos que le hice en esa sesión. Me sentí honrado. Feliz. Y esas fotos que me pidió hacen parte de un libro que le hicieron como homenaje.

Acá les comparto las fotos que le hice a este querido personaje.

Personal Project: Ruven Afanador

"Maestro, soy Pablo Salgado, fotógrafo colombiano, voy para Estados Unidos y me encantaría conocerlo. Admiro su trabajo y su maravillosa carrera artística. Como parte de mi presentación, le adjunto un par de fotos que me publicaron recientemente en la Revista Bocas de El Tiempo. Son la maestra Beatriz Gonzalez y el maestro Antonio Caro". Al día siguiente me respondió. Era la mejor de estas dos opciones: si no me responde, no pasa nada. Pero qué tal que me responda. 

"Te invito al lanzamiento de mi libro Angel Gitano el 6 de noviembre. Las fotos que me mandaste son buenas en todo nivel".

Tenía que ir a Nueva York.

Ya instalado en Nueva York City, me fui temprano para saber bien dónde quedaba la galería. Caminé. Cogí metro. Caminé. Me perdí. Llegué al edificio donde está Throckmorton Fine Art. Subí al tercer piso y cuando se abrió la puerta del ascensor me recibió de frente una fotografía, la misma de la portada del libro Angel Gitano. Me emocioné demasiado. Me recibió también una relacionista pública quien me indicó dónde estaba el maestro. Luego me dijo que apenas terminara esa entrevista podría ir a saludarlo. Y así fue. 

Cuando lo vi, le dije: "Maestro, usted es altísimo". Después, para que me ubicara, le mencioné que le había enviado un email la semana anterior. Lo recordó. Me saludó cordialmente. Luego le hice preguntas. Le pedí consejos. Me contó cosas como: "Cuando estoy tomando fotos, no estoy muy pendiente de cómo están quedando, no me pongo a verlas en la cámara; casi que las hago sin pensar".

"En Colombia pasan muchas cosas interesantes, pero la fotografía no la pagan bien; no se valora bien el arte", me dijo con una profunda mirada desde sus 1 con 86 metros. 

"Es muy importante tener un agente que te represente, te verás y te verán más profesional", dijo mientras revisaba con la mirada si ya venían los de Univisión para su siguiente entrevista. 

"Una persona que influyó mucho en mi carrera me dio dos consejos: no deje de tomar fotos; tome todas las fotos que más pueda; y vaya a Italia...", luego me confesó que haber ido a Italia "fue una experiencia terrible". Pero sin darse cuenta, fue lo que lo impulsó hacia Nueva York.

Cuando llegó la periodista de Univisión, suspendimos la charla.

Le pregunté: "le puedo tomar una foto Maestro?". Nervios? No hubo tiempo para nervios. Todo pasó muy rápido. Recursos... Qué recursos tengo??? Me pregunté en ese instante y me lo sigo preguntando ahora.

Cuarto oscuro. Escalera metálica. Mesas dobladas. Cortina de terciopelo negro, luz de oficina en el techo alto. Maestro, párese ahí por favor. Muy bien. Ahora espéreme un segundo por favor y traigo una silla. Siéntese como ud más cómodo se sienta. Se me ocurrieron preguntas brillantes para sacar alguna reacción en su cara. Silencio largo. "Cuándo cumple años? Cuál ha sido el mejor regalo que le han dado?". Al frente de mi lente estaba una cabeza brillante buscando respuestas a preguntas que sólo buscaban una reacción de menos de un segundo. Mirada que piensa. Sonrisa. Una respuesta rápida: "no me acuerdo". Después de varias fotos, dejo de disparar la cámara y le digo: gracias maestro. "Pero no me pusiste a hacer nada", me reclamó. "Yo sé que no soy fotogénico", me disparó.

Mientras lo entrevistaban, pasé a la oficina de Spencer, el presidente de la Galería, quien apenas supo que acababa de llegar de Colombia, fue y sacó un libro de gran formato y me lo regaló. Más que merecido el abrazo. "Un día estaré exhibiendo acá", le dije. Y me dio una tarjeta diciéndome que le encantaría ver mi trabajo.  

Cuando el maestro terminó la entrevista se puso una bufanda y se disponía a salir con prisa. 

Maestro, lo acompaño a coger su taxi. No fue una pregunta. 

Nos subimos al ascensor. Sí. Ahí estábamos sólos Ruven Afanador y yo. Él estaba en la esquina izquierda del fondo. Tenía la cámara en mi mano de manera que lo enfoqué y le pedí que no me mirara. Foto. Párese en el centro por favor. Se movió. Foto. Tres pisos abajo, se abrió la puerta del ascensor. "Estas me gustaron más", me dijo. Sonreí. Sonreí toda la tarde. (Todavía estoy sonriente).

Afuera. Un día lluvioso en Nueva York. En la esquina de la 57th con Lexington. Ruven Afanador esperaba un taxi. Taxi que se demoró unos minutos. Minutos que aproveché para hacerle fotos. Todos los ángulos. Todos.

Traté de distraerlo para alargar unos segundos su compañía. "La luz de Nueva York es una maravilla, le dije. Vea cómo se cubre con neblina la parte de arriba de esos edificios. El miró. Seguí disparando. Agachado. Parado. Me paré al frente de los carros que estaban en semáforo en rojo. Foto. Foto. "Si están quedando buenas?", me preguntó mientras buscaba un taxi con la mirada. 

Paró un taxi. Y yo, de tomar fotos.

Se subió rápido. "Nos vemos a las 5.30", me alcanzó a decir antes de que su enorme brazo jalara la puerta amarilla que me dejaba como a un niño que suben en la máquina de monedas y se acaba el tiempo. Todo se quedó quieto de un momento a otro. Incluso el maestro Ruven Afanador. En mi memoria. En mis fotos. Así: quieto. Sin prisa. Congelado para siempre.

Dos semanas después sigo viendo estas fotos imprevistas que no me imaginé tomar.
Las he visto mil veces.  

Y llegó este día. El día de contarles a ustedes esta experiencia niuyorquina. El día que conocí y fotografié a Ruven Afanador, como si yo fuera un niño jugando a ser el fotógrafo del fotógrafo.

Después fue el evento y la firma de los libros Angel Gitano y Sombra.


Acá las fotos improvisadas.

Fernando Montaño, el bufón de la cenicienta


Este artículo fue escrito en Londres para la prensa de Colombia el 29 de abril de 2010. Ningún medio lo publicó.

 

Nuevamente el bailarín colombiano, Fernando Montaño hace historia en el mundo del ballet. Esta vez, al recibir el papel de Bufón en La Cenicienta (Cinderella) en el Royal Ballet de Londres. Es la primera vez que un colombiano recibe un papel protagónico y es algo que nos hace sentir profundamente orgullosos.

 

“El personaje que hago me gusta mucho porque es muy divertido, como lo son también las feas y envidiosas hermanastras que nos hacen reír”, comenta Fernando mientras lo maquillan antes de su debut. “Mi personaje es técnicamente difícil, pero  es una buena oportunidad para mostrar todo mi talento; me gusta porque es un papel importante en Cenicienta”, comenta el bailarín.

 

En su papel de Bufón, debe estar pendiente de todo lo que sucede alrededor del príncipe, su mejor amigo. “Tengo que estar haciendo reír a todo el mundo”, dice sonriente Montaño.

 

Poco a poco la piel morena de Fernando Montaño se va empalideciendo y la cara se va transformando en un verdadero bufón. Mientras aprieta los labios con el maquillaje, nos comenta sobre su estudio del personaje que interpreta. “Busqué inspiración en Charles Chaplin para ver sus movimientos corporales y he escuchado mucho la canción Smile que me gusta porque habla sobre los artistas que tienen que reírse cuando de verdad se están muriendo por dentro”.

 

Y continúa la metamorfosis de Montaño en uno de los camerinos donde también lo han hecho los grandes de la ópera mundial. Hay fotos autografiadas por varios personajes como Plácido Domingo. Pero nada interrumpe la concentración del bailarín repasando sus movimientos. “Muchas veces estás cansado, no quieres reírte, pero tu papel te lo exige y hay que hacerlo; es un reto”, menciona mientras le pintan las líneas de las cejas.

 

Fernando no puede ocultar su emoción. “Soy el único colombiano en la historia que ha logrado ser parte de la compañía (del Royal Ballet de Londres). Y es la primera vez que usan a un bailarín tan alto para representar el personaje de bufón”.

 

¿En qué cambia su vida artística después de este papel? “Ahora tengo más aspiraciones de lograr otros papeles… (se le iluminan los ojos) quiero hacer el papel de príncipe”.

 

Ya su familia sigue sus pasos con mucha fe en el éxito de Fernando. “En Colombia mi familia está feliz; han estado rezando para que todo salga bien”.

 

Cenicienta

Estará en la Casa de la Ópera desde el 10 de abril hasta el 5 de junio de 2010. Es conducida por Pavel Sorokin y Barry Wordsworth, con la música de Sergey Prokofiev y bajo la coreografía, en tres actos, de Frederick Ashton. La producción es de Wendy Ellis.

 

El ballet de la Cenicienta tiene una duración de 2 horas y 45 minutos y se presentó por primera vez en escena en 1948.

 

Es uno los más famosos cuentos de hadas y en esta oportunidad, el inglés Frederick Ashton presenta la versión completa en tres actos en The Royal Ballet donde le da su “toque artístico”.

 

La historia de Cecinienta que casi todos conocemos es la de la hermosa y humilde jovencita que es invitada por el príncipe a un baile. Detrás de ella está la sombra enorme de sus dos hermanastras feas y malvadas que la tratan con desprecio y envidian su belleza. Todo puede pasar en este cuento de hadas, desde las calabazas se convierten en carrozas, los trapos en suntuosos vestidos redondos y tiene un final feliz.

 

“Disfrutar es lo más importante”, puntualiza Fernando Montaño.