¿Cuál es el poder de la fotografía?

Me permite estar frente a personas maravillosas que siempre tienen algo para contar, que sacie mi curiosidad, herramienta que siempre uso cuando estoy haciendo retratos. Ese momento puede ser normal o especial; depende de uno como fotógrafo. He descubierto que si me quedo callado, doy dos indicaciones y hago un par de disparos, el personaje da las gracias, puede que pregunte si puede ver cómo quedaron o, simplemente se despide y no pasa nada. Pero no. El tema de la fotografía me gusta cuando se sobrepasan esas barreras, cuando supera los silencios y se convierte en una sesión charlada de fotos. También descubrí en este tiempo, que detrás de la cámara debe haber un lider que dirija la sesión y que establezca un vínculo, una conexión con el personaje que está frente al lente. Desde un saludo cordial y genuino, seguido por preguntas simples que generen armonía y garantice pasar un momento diferente, real y humano. Siempre he pensado que la cámara y el oficio del fotógrafo es la excusa ideal para acercarme “legalmente" a  personalidades cargadas de información de la cual puedo aprender en 10 minutos, casi que lo mismo que aprendería en un viaje a cualquier parte. Sumando esto último, una sesión de retrato es como viajar por la vida de alguien en un tiempo super limitado. Recordar que es la oportunidad de hacer una foto más o intentar hacer una que se quede en la memoria. ¿Nos volveremos a ver? Si usted quiere, si. ¿Le dejo mi tarjeta?  

Los invisibles

Pasa una vez y probablemente nadie se da cuenta. A lo mejor vuelve a pasar. Lo más seguro es que de nuevo, nadie se de por enterado. Pasa siempre. Así son los personajes invisibles. Muy diminutos. Prácticamente imperceptibles. Cuando parece que alguien los está mirando, es una ilusión. Las miradas simplemente los atraviesa. Entonces sumando, no son personajes que detengan el tráfico ni las miradas ni nada. Es posible que los agarren mal parados y estorben. Eso sí, los invisibles son un género al que siempre alguien, empuja. Es como el que no ve un escalón bajo: trastabilla, no se cae y sigue su camino. Son un “viento”. Como cuando alguien abre una puerta y pasa una corriente de frío. Los invisibles nos hacemos terrenales cuando alguien se choca contra nosotros. Aún así, no nos ven. Somos los sujetos del "tropiezo involuntario". Aclaro que podemos evitarlo, pero somos por naturaleza generadores de roce y desequilibrio. Pero no es nada que quite el sueño o que requiera doctor ni medicamentos. Además no tiene cura. Tal vez no sea un problema. Simplemente no eres más que ningún recuerdo. Ninguna memoria. Así son los invisibles: transparentes en los mejores casos. Los turbios parecen una mancha en la córnea. Eso pasa cuando cubro un evento, sólo los de mi especie me ven y dicen: “Señor, ¿nos toma una foto?”. Una sonrisa leve y click. ¿Qué se hizo el señor? ¿Cuál señor? El del corbatín. ¿De quién estás hablando? ¡Del fotógrafo! ¿Hay fotógrafo? Si. Mucho gusto, Pablo.

PabloSalgado

Taller Ruven Afanador 2017

El decano de la facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de Los Andes, Hernando Barragán, muy amablemente me invitó como profesor asistente al Segundo Taller de Ruven Afanador en Colombia. 

Ahí estuve yo, rodeado de 30 estudiantes que asistieron al taller del maestro Ruven, de quien aprendieron varios conceptos y formas de ver y entender la fotografía editorial. Más de una vez levanté la mano e hice preguntas: cómo por ejemplo, ¿cómo es la manera en que usted planea una foto, cómo es el proceso mental para pasarlo al papel y después a la escena? También pensé que era interesante que contara experiencias y anécdotas como retratista.

Alguien me comentó que le preguntó al maestro si lo veríamos tomando fotos... y él respondió que no creía que aprendiéramos de verlo en acción. Me parece que la pregunta era más enfocada a ver al gran Maestro Afanador apretando el obturador y haciendo fotos y esa hubiera sido una experiencia de vida. No por aprenderle algo, sino por tener el placer visual de verlo haciendo fotos. Casi que el mismo placer que me daría a mi ver a Ringo Star tocando la batería en vivo, no con el interés de aprender a tocar batería.

Cinco días de charla y práctica. Las charlas a cargo de Ruven y los invitados que llevó a cada una, quienes además hicieron aportes muy valiosos al taller: Un diseñador gráfico, la directora de una revista y una escritora.

Las presentaciones del trabajo de Ruven, muy interesantes. Yo era el encargado de pasar las diapositivas. Pudimos ver parte de su obra en los temas de retrato y moda. Cada uno con sus explicaciones, conceptos y forma de entender y vivir esas pasiones.

 En las prácticas que fueron en lugares maravillosos: Textura y en la Escuela de Artes y Oficios. Mi rol fue acompañar, en el primer día de práctica, a la artista Naty Botero y a los fotógrafos que le harían los retratos. Ese día aproveché para llevar mi cámara Fuji X-100T. Hice fotos de Behind the Scenes e hice sugerencias a los estudiantes. En algunos momentos. 

El segundo día de práctica, llegué un poco tarde y le eché una mano a uno de los colegas. Lo orienté y le ayudé un poco en la dirección de arte con las modelos que tenía. Indicaciones muy sencillas. De esa manera, cumplí con el tema de apoyar y acompañar. Un día especialmente inolvidable.

Al final del taller fue muy emocionante ver exhibidas las fotos de los participantes en una sala de Uniandes. Quedó un sabor bonito. El de haber vivido una gran experiencia. Me gustó mucho el trabajo, la manera como los estudiantes del taller resolvieron las dificultades del tiempo y cómo aprovecharon las locaciones como recurso. Un taller lleno de inspiración. Para aprender temas nuevos. Para conocer colegas apasionados. Y para compartir momentos con nuestra leyenda fotográfica viva, Ruven Afanador. Si puede, el próximo año, asista! Vale la pena!

Me quedó faltando ver al maestro en acción. Solo por tener el placer visual de verlo disparando su cámara. Pero seguro que será una oportunidad que llegará en algún momento.

Por ahora les comparto las fotos que hice durante el taller. Un poco del arte de observar "behind" y respetar el espacio de los fotógrafos a quienes acompañas. Estas son imágenes tomadas desde atrás...

Laura Restrepo

Un día escribí: Por los siglos de los siglos, Arlés. No todos los caminos llevan a Roma. Hay uno que lleva a Arlés, donde Vicent VanGogh pintó sus obras célebres.

Le conté sobre ese artículo que escribí cuando vivía en Londres y fui a visitar ese paraje del sur de Francia donde el artista holandés encontró la luz que anda buscando.

Fue una sesión divertida con la escritora quien se dejó envolver en papel. Sacó su pluma, la llenó de tinta y me transcribió un fragmento de su libro "Pecado".

Después cortó un papel, me lo puso como una capa y me tomó una foto. 

laura_restrepo_by_pablo_salgado

En el Dorado.

El lugar donde me acerqué más a Liniers.

¿Quién es Liniers?
Visto desde los ojos de un cristiano común y corriente, Liniers es donde viene empacado un genio gigante que dibuja pingüinos, duendes y otros muñequitos. Y ese maestro logra mejorar la forma de ver y vivir la vida.

Estuve con él. Charlamos. Me contó cosas de su vida. Nos reímos. Lo retraté.

Perfil: El "Tío" del Amazonas visita al Diablo

Se perdió en la selva de cemento

Encuentro con El Tío y lo que dijo sobre esas cosas que no se han dicho del Amazonas.

juan camilo carrizosa

Después de 20 años de graduado del colegio fue realmente emocionante encontrarme con “El Tío”. Un amigo con el que crecí, compartí profesores, recreos, partidos de fútbol y  excursiones por diferentes lugares de Colombia. Con El Tío viajé al Amazonas a ojo cerrado. Y si usted lo conociera, haría lo mismo.

El Tío nació para la selva. Cree profundamente que su vida no tiene sentido si está detrás de un escritorio todos los días.  En cambio está convencido que la selva le guarda respeto y lo protege. Así se lo dijeron los indígenas del Amazonas, incluido el principal cacique de caciques, el jefe de 27 comunidades indígenas, el Papa del Amazonas: el mismísimo Diablo.

No podía creerlo. El Diablo me estaba hablando. Decía cosas indescifrables y se reía. Cuando hablaba le salía humo verde. Humo que entraba directo por sus redondas y amplias fosas nasales. Entre los nervios de los bichos y la lejanía del cemento, eso era lo que me faltaba: no entenderle nada a ese señor. Mientras me hablaba el Diablo yo miraba sus ojos perdidos. Hacía un recorrido por la Maloka y regresaba a sus gestos. Por momentos, me sentía como protagonista de documental de National Geographic al frente del personaje más famoso de la selva. Sí. Esos personajes que uno ve por televisión. En la tranquilidad del hogar: sentado y cómodo. ¿Un whisky? No era el caso. Allá estábamos. Con sed. Sin agua potable a la mano. En la mitad de la selva, dentro de la Maloka del Diablo. Con la cara lavada en sudor. Sentados en una tabla tratando de interpretar lo que tenía que decirnos el Maestro. Nos mirábamos entre sí en busca de respuestas pero las dudas se fueron y volvieron como el humo...

Aclaremos lo del Diablo para que estemos en la misma página. Este Diablo no es ningún demonio. No tiene cachos ni cola. Lo que si tiene es poco diente. Este Diablo es un indígena Huitoto. Nació hace 76 años, pero lleva vividos como unos 150, entre rape, mambe, yarumo y otras mezclas orgánicas. Todos en la comunidad indígena le guardan respeto y admiración. Dicen que tiene todos los poderes de chamán. El Tío es uno de los que lo cree seriamente. El viejo es curandero, brujo, maestro y usted conoce su historia cuando abre la boca y habla. Lo que dice va impregnado de mambe con un poco del envolvente humo de un pielrroja sin filtro.

El Diablo no se sienta. Se acurruca. Esto, mientras bate y bate la mezcla de coca con cenizas de yarumo. En este swing, sus ojos buscan pasado y futuro. Entona oraciones y cánticos en su dialecto. Cierra los ojos y levanta las cejas. Para un primíparo como yo, lo que decía era bastante raro. A lo mejor uno de los dones recibidos del más allá sea ese, el de que los demás indígenas entiendan perfectamente lo que él les dice. Lo supe de inmediato cuando suspendió el canto. Murmulló muy bajito. Un indígena que estaba cerca prestando atención, salió corriendo. A los pocos segundos, llegaba con el tarro del mambe para recarga. 

Muy cerca del Diablo está El Tío. No le quita el ojo de encima al Maestro. Con toda su sutileza felina, El Tío se acerca con prudencia al Diablo. Se le acerca más y asiente. Con su cabeza inclinada, parece, en parte, recibiendo la bendición. En parte, tratando de entender lo que le dice el chamán. Parecían rezos y mensajes que llegaban del más allá. Eso me confundió. Porque para mí, hacía rato estábamos en el más allá.

Si pudiera escoger, El Tío escogería la selva. Es donde se siente cómodo. No le tiene miedo a ningún bicho. De las cosas que más disfruta es salir en las noches a explorar.  Insiste que en las noches es cuando realmente se ve la vida de la selva en toda su magnitud. Y le creo. Porque en la noche se veían más de una docena y media de ojos que brillaban con las linternas. Y todos parecían estar mirando hacia acá. Miles de seres vivos nos miraban. ¿Anacondas? ¿Jaguar? Lo que fuera. No me esforcé en salir de la duda.

Bogotano. Bachiller del Gimnasio Moderno. El Tío estudió Administración de Empresas y se ha dedicado a trabajar en la compañía familiar que tiene más de 50 años. Pero lo suyo son los cuchillos afilados, los colmillos de tigre y las caminatas nocturnas en la jungla salvaje. Y mil vainas más relacionadas con selva y aventura. Él mismo cree que no está en el lugar indicado cuando lo veo detrás de un escritorio. Pero de todas maneras, le saca provecho a su realidad urbana. Ha logrado convocar a extranjeros que buscan la jungla salvaje. Exacto. No buscan el camino del turista que va en pantaloneta y camiseta del Barcelona tomando fotos con un iPhone. No. El Tío los lleva con las manos sueltas por entre la madre selva. Explicando las técnicas y trucos para ir y volver a contar el rollo. Me pasó a mí. El Tío no entra a la selva sin pedirle permiso a la madre naturaleza. Una vez adentro, respeta cada tronco, cada planta. Va con la vista atenta. Parece que tuviera sensores. Asegura cada paso que da entre la maraña de raíces que brotan del piso. Raíces que no parecen otra cosa que las mismas venas de este pulmón del mundo. Que nos ve avanzando. Hacia el más allá.

La pasión de este aventurero por el Amazonas lo hizo hacer un hotel. Fue su excusa para tener contacto permanente con la selva. Lo construyó en tres meses con todo lo que le daba el entorno. Como atracción para los visitantes, tenía más de 50 serpientes en un reservorio. Las liberaba y salía a buscar otras. De verdad las consentía. Tanto, que salía a conseguirles alimento. Alimento vivo, por supuesto. En sus garras cayeron ratones y sapos de cualquier cantidad de tamaños.

Si los mexicanos tienen un ritual de sal y limón para tomar tequila. Los huitotos tienen su propio estilo de comerse un gusano mojojoy: se le quita la cabeza, se le sacan las tripas y se absorbe toda la sustancia, que no es otra cosa que grasa. Eso parece que alivia los problemas respiratorios. Yo casi me quedo sin respiración tomando las fotos de esa sangrienta secuencia. 

Pasaron los días. Navegamos por el Amazonas. Vimos la vida alrededor del río. Niños y ancianos. Blancos, negros e indios. Descubrí cómo funciona el pulmón del mundo.

¿Usted cuándo piensa ir?